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Edificar viviendas ecoeficientes y no contaminantes

Ya lo dijo Lorca: «Verde que te quiero verde». Quién le iba a decir al poeta que, tras la estela de los productos ‘bio’, la última novedad en consumismo ‘verde’ iba a ser la construcción de viviendas y edificios.

La bioconstrucción en España surge, ya no sólo sobre las nuevas pautas a las que obliga el Código Técnico de la Edificación (CTE), aprobado en marzo de 2007, y del compromiso de Kioto, sino también de una verdadera urgencia social. Los recursos se acaban y, sin caer en un catastrofismo económico, es evidente que las recientes crisis financieras han puesto de manifiesto que las reservas de petróleo no son ilimitadas y que sus derivados deben empezar a ser sustituidos por fuentes naturales y renovables que respeten el mundo que nos rodea.
Los principales obstáculos a los que se enfrenta la construcción ‘verde’ son la reeducación de los usuarios de inmuebles y lo reticente que está todavía el sector inmobiliario a la hora de implementar nuevos procedimientos y materiales respetuosos con el medio ambiente.

Para que una construcción sea eficiente, energéticamente hablando, y rentable en términos económicos, el planteamiento debe partir desde el mismo momento de la concepción inicial de un edificio. En un proyecto ya empezado se han de realizar adaptaciones, lo que da lugar a la aparición de dificultades añadidas.
La forma de proyectar, por tanto, es fundamental.

La visión del tema que tiene Aurelio Ramírez, presidente del Consejo de Construcción Verde de España, es coincidente con este planteamiento: «En EEUU se han conseguido incrementos de coste cero en ciertos edificios que fueron proyectados de manera sostenible desde su concepción inicial. En España los costes están siendo un 2% mayores debido precisamente a esta falta de proyección».

Según el ‘World Green Building Council’, organismo internacional al que pertenece el Consejo de Construcción Verde de España, edificar de forma sostenible ahorraría entre un 30% y un 70% de energía y compensaría en un 35% las emisiones de carbono y otros gases perjudiciales a la atmósfera.
Serían notables, también, otros tipos de ahorro: en consumo de agua (65%), en tratamientos de residuos (50%-90%) y en iluminación (40%-70%).

Tanto los expertos en protección del medio ambiente como los técnicos del sector inmobiliario están de acuerdo en que es preciso articular fórmulas para que construcción y sostenibilidad vayan de la mano, alejándonos así de un anterior planteamiento que las convertía en enemigos irreconciliables.
Para ello, «el pilar en el que se asienta la bioconstrucción debe ser la ecoeficiencia: rentabilidad, confort y salubridad para las personas que habitan los edificios y un menor impacto para el planeta».

El Código Técnico de la Edificación, que entró en vigor el pasado año y que toda nueva obra debe obligatoriamente adoptar, persigue básicamente cumplir con estos criterios.

Como desarrollo del mismo se ha puesto en marcha la Etiqueta de Eficiencia Energética, que, al igual que sucede con los electrodomésticos, clasifica los edificios en razón de su comportamiento ecológico (desde la categoría A para los más respetuosos hasta la E para los que más energía consumen y peor se comportan desde el punto de vista de la ecoeficiencia).

Se identifica así a las edificaciones menos contaminantes, aquellas que limitan el consumo de energía no renovable gracias a la mejora en el rendimiento de sus instalaciones térmicas y lumínicas, a la utilización de paneles solares para el calentamiento del agua doméstica y una contribución fotovoltaica para generar electricidad, entre otros dispositivos.

Uno de los aspectos más importantes que contempla la nueva normativa es la calidad de los revestimientos; de los aislamientos, para evitar perdidas caloríficas y frigoríficas en verano e invierno; de los muros, los elementos de carpintería y vidrio; y la preocupación por que los materiales sean reciclados y reciclables -algo que ya se hacía en la arquitectura tradicional-, además de la forma en que domótica e informática pueden contribuir a la consecución de este objetivo.
Múltiples medidas, por tanto, que se ponen en marcha con el único fin de conseguir un inmueble integrado en su entorno, capaz de aprovechar su ubicación concreta y las circunstancias climáticas para autorregularse y, de esta forma, comportarse de una forma respetuosa con el medio que lo rodea.

Además de los indudables y necesarios beneficios que la puesta en marcha de estas medidas tiene para el medio ambiente, pronto han surgido diversas voces en el sector inmobiliario que apuntan a que «los edificios así construidos o rehabilitados aportan valor a sus propietarios» y, en igualdad de condiciones, salen al mercado en posición de ventaja desde el punto de vista del comprador.

Aún queda mucho por hacer, aunque es cierto que cada vez son más los edificios que se construyen de acuerdo a estos criterios gracias a la sensibilidad hacia el tema de promotoras privadas y organismos públicos. Sin embargo, es preciso seguir avanzando a la hora de consensuar herramientas de evaluación que determinen el nivel de ecoeficiencia de un edificio.

Organismos como el World Green Building Council (cuyo instrumento de control de calidad, la normativa LEED, está tratándose de introducir en nuestro país) o el Green Building Challenge (que, junto al Colegio Superior de Arquitectos ha desarrollado el ‘software’ GBC Tool, un método que permite valorar el rendimiento medioambiental de un inmueble) no han llegado a un acuerdo ni tan siquiera a nivel europeo a la hora de calificar un edificio como sostenible o no.

Queda por tanto un largo trayecto que recorrer para que las administraciones públicas y las entidades privadas caminen en la misma dirección.
 

Enlace : www.elmundo.es/suplementos/suvivienda/2008/534/1207864818.html
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Juan Frías,de AECOR, y las novedades que abarca el DB-HR

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